COP26: seamos sinceros con nosotros mismos

Por Máximo Mazzocco

“Don’t cop out”, un juego de palabras que reivindica a los líderes mundiales de la COP26 que no se olviden de los compromisos por el clima. Foto: Shutterstock

Terminó otra COP, y ya van 26. Por un lado, sucedió lo que suponíamos: grandes declaraciones, anuncios y promesas, avances insuficientes en las negociaciones, demora en la implementación de planes concretos y un combo constante de conversatorios, documentos, movilizaciones, networking, activistas, alianzas, juventud y prensa. Por otro lado, entre tanto ruido, la honestidad me tomó por sorpresa.

“No sabemos exactamente cómo resolver la crisis climática y ecológica”, nos confesó el ministro de transición ecológica de Italia, Roberto Cingolani. Esto ocurrió en presencia de Alok Sharma, presidente de la COP26, y de Patricia Espinosa, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), mientras conversábamos sobre la Declaración Global de Acción Climática Juvenil (en inglés).

Ante tanta soberbia, incoherencia, contradicción e incumplimiento por parte de la mayoría de nuestros líderes, el reconocimiento público a las propias limitaciones fue una grata extrañeza; y bienvenido sea. Porque lo que está en juego, recordemos, es la habitabilidad del planeta para miles de especies de mamíferos, reptiles, aves, anfibios, peces, plantas… entre otros, así como para cientos de millones de personas. Por lo tanto, ser humildes es un paso hacia adelante en esta odisea.

A fecha de noviembre del 2021, la situación es clara e inobjetable: debemos mutar de la economía capitalista exacerbada, cuyo centro neurálgico es el beneficio económico, hacia una economía basada en el ser humano y la proliferación de los ecosistemas naturales.

No es posible crecer indefinidamente porque el planeta no lo permite y los recursos renovables son finitos. El beneficio debe existir, pero en su sitio: al final de la cadena. Es momento de pasar de un modelo egoísta, extractivista, consumista, lineal, individualista, devoto de las burbujas financieras, a un modelo colaborativo, solidario, circular, regenerativo y resiliente para el bien común.

El Foro Económico Mundial, en su Informe de riesgos globales 2020 (en inglés) para organismos públicos y privados, estableció la pérdida de biodiversidad, la falla en la acción climática, el clima extremo, la crisis hídrica y los desastres naturales ocasionados por los seres humanos entre los diez riesgos más importantes de la década. Cinco de diez, en concreto, ligados a la crisis socioambiental. Por consiguiente, y sin darle más vueltas al tema, es momento de restaurar, conservar y evolucionar como sociedad.

Pero, ¿somos conscientes de la cantidad de cambios que debemos realizar para transformar la economía y alcanzar la anhelada sostenibilidad, si es que existe algo semejante?

Hace dos años, durante la COP25 en Madrid (2019), escuchamos a presidentes, ministros, funcionarios, delegados y personalidades llenar las salas de promesas y hermosas palabras. Se anunció el Pacto Verde de la Unión Europea, la Coalición de Ministros de Finanzas para la Acción Climática (en inglés), inversiones por 300 mil millones de euros anuales, el Plan de Acción de Género, etcétera. Después, llegó la pandemia de la COVID-19, algunos cambios políticos importantes y algunas propuestas para aliviar la deuda de los países del Sur Global.

Entretanto, seguimos igual. O distintos, quizás, y todavía no nos hemos dado cuenta. ¿Será que no sabemos cómo materializar tales compromisos? ¿Será que los cambios estructurales necesitan de tiempo y paciencia? ¿O será que las palabras fueron un precioso regalo al viento?

“Tendríamos que reducir las emisiones en más de un 7 % cada año y en 2021 volvieron a aumentar”, mencionó un grupo de científicos en el pabellón del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés). Al parecer, queremos cambiar el mundo sin que el mundo esté preparado para ello. Y mientras tanto, nuestra normalidad mata.

Si la COP26 era “la reunión más importante desde la Segunda Guerra Mundial”, según expresó el presidente de Panamá en el Diálogo de alto nivel sobre Acción Climática en las Américas del pasado septiembre, a muchos no nos lo pareció, o no estuvimos a la altura de las circunstancias. Con solo mencionar que mi país, Argentina, firmó la nueva declaración de deforestación cero y, al mismo tiempo, redujo el presupuesto nacional designado para proteger los bosques nativos en el 2022 (como viene sucediendo en mayor o menor medida desde hace 14 años). Es un indicativo de que necesitamos mecanismos de acción eficientes, más que papeles firmados. Porque a mi amiga Lizzy, a quien se le inundó la casa por el pasivo socioambiental y agroforestal, no le llegaron los nuevos compromisos a su puerta.

Asimismo, una vez más, la juventud fue protagonista. “¿Por qué deciden el presente y futuro por nosotros?”, dijimos adentro y fuera de la conferencia. Exigimos:

1 – que se apliquen planes concretos, realistas e inclusivos de transición energética,

2 – que se facilite el acceso a la financiación para la acción climática con instrumentos transparentes y responsables,

3 – que se garantice la participación de los y las jóvenes en los procesos de toma de decisiones con implicaciones en el cambio climático (los herederos de las decisiones deben tener una voz importante en la mesa

4 – y que se eduque integral y universalmente sobre el cambio climático, adaptando el mensaje a cada realidad.

La gran transición que necesitamos para dejar de emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera no es solo una cuestión del clima, es la búsqueda de un mundo pacífico, justo, sin pobreza, sin hambre, con igualdad de oportunidades y de género, educado, lleno de vida submarina y ecosistemas terrestres sanos. Es cumplir con todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Y para eso necesitamos que los recursos se movilicen ayer, no mañana. Para liderar la aventura, hay que estar a la altura.

Si el objetivo de la COP26, de acuerdo con Alok Sharma, era apalancar USD 100 mil millones por año y adaptarnos para proteger a nuestras comunidades y hábitats naturales, las negociaciones dejaron claro que no se cumplió.

“Desgraciadamente, la voluntad política colectiva no fue suficiente para superar algunas contradicciones profundas”, expresó António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas. Mientras tanto, ¿qué nos queda: tener esperanza en los anuncios no vinculantes sobre el metano, el carbón, la deforestación y la financiación, o debemos darle una vuelta de rosca a nuestra participación?

Ya ha terminado una COP más. La primera después de la pandemia. Y la primera con tantos actores sociales involucrados. Celebraciones, halagos, críticas, análisis técnicos y reflexiones se hicieron y se harán. La transición llegó, se siente, late. Por lo pronto, para afrontar la emergencia climática, ecológica y social, la burocracia internacional deberá actualizarse, con urgencia, al igual que sucedió con la emergencia sanitaria de la COVID-19, pero sin perder de vista la inclusión, la diversidad cultural, la libertad y la transición justa. No obstante, de la COP25 a la COP26, mi conclusión es la misma. Si el pensamiento debe ser global y la acción local, cada individuo, pueblo, municipio, ciudad, provincia, país y continente se lleva una simple tarea para el hogar: es tiempo de actuar y no hay forma de librarse.

Fotos proporcionadas por Máximo Mazzocco, a menos que se indique.

Máximo Mazzocco (Argentina) es uno de los líderes del proyecto #Generation17 de UNDP y Samsung, delegado juvenil en la COP26, la COP25 y la Cumbre de la ONU sobre la Acción Climática (2019), coorganizador de la Cumbre Climática de la Juventud de Latinoamérica y el Caribe (RCOY LAC 1), miembro fundador de la Alianza por el Clima, coordinador en Youth4Climate y fundador de Eco House Global. Puedes seguirle en Twitter e Instagram como @maximomazzocco.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo