Sembrando esperanza en el Uruguay

Las primeras aves se despiertan cuando una mañana de niebla invernal cubre la costa de Punta del Diablo, una pequeña ciudad costera en el este del Uruguay.

La ciudad se encuentra entre el océano atlántico y la Laguna Negra de 17.500 hectáreas. La brisa del mar da forma a las dunas donde viven los psamófilos o “amigos de la arena”, que son árboles, arbustos y hierbas especialmente adaptados a este entorno.

Los árboles nativos como el arrayán, el chal chal y el curupí están cada vez más amenazados por especies exóticas, desarrollo urbano no planificado y turismo insostenible.

Solo el 4,8 % de la tierra del Uruguay está ahora cubierta por bosques nativos.

Un grupo de lugareños decidió revertir esa tendencia y, a pesar del frío del invierno, se reunieron en un parque local para empezar a trabajar.

“La restauración de bosques nativos es muy importante para el Uruguay. La mayoría de las personas no conocen nuestros árboles nativos, no tienen ni idea”, dice Katherine Muller, una emprendedora local.

Ella y otros voluntarios comenzaron a limpiar la tierra de restos de acacias negras y pinos marinos, plantas exóticas invasoras que desplazan a las especies nativas y renacen rápidamente cuando los incendios arrasan.

Los bosques nativos albergan la mayoría de los reptiles y un gran número de anfibios, aves y mamíferos, incluidas especies amenazadas, que habitan en el Uruguay. Son esenciales para proteger la biodiversidad, el medio ambiente y la calidad del agua.

Muller dice que tienen otro papel que desempeñar en la protección del medio ambiente único de Punta del Diablo. “Debido a los problemas de los incendios, las acacias y los eucaliptos son muy inflamables y nuestros árboles nativos no lo son”, explica.

Aunque los voluntarios ven signos reducidos de esperanza a corto plazo (algunas plantas nativas sobreviven bajo las ramas de árboles invasores), este pequeño grupo sabía que el nivel actual de pérdida de árboles nativos no podía continuar así.

“Se puede ver, año tras año, la alteración”, afirma Víctor Pereyra. “Ya estamos en una situación que no puede continuar. Cada vez hay menos pájaros y abejas”.

Sus preocupaciones son compartidas con el Laboratorio de Aceleración del PNUD Uruguay y Plantatón Uruguay, que empezaron una iniciativa para fomentar el compromiso individual y la financiación colectiva a través del crowdfunding –recursos económicos externos– para restaurar el bosque de Punta del Diablo. El objetivo: plantar 1.000 árboles nativos.

E Uruguay se inspiró en experiencias de otros países como El Salvador, en dónde la iniciativa Plantatón ayudó a sembrar 35 millones de árboles entre el 2017 y 2018, o Uzbekistán, que está devolviendo la vida al Mar de Aral, y Huella de Futuro de Costa Rica, que está plantando 200.000 árboles en la zona norte del país.

“Esta campaña de crowdfunding es más que una herramienta de recaudación de fondos para crear conciencia sobre los árboles nativos. Es un proceso enriquecedor que ha unido a nuestra oficina en el país, el gobierno y las organizaciones locales con un objetivo común. También ha ayudado a correr la voz sobre el PNUD y sus Laboratorios de Aceleración, para compartir conocimientos y experiencias de todo el mundo”, afirma Francisco Pons, Jefe de Exploración del Laboratorio de Aceleración del PNUD.

Y así fue. Unos meses más tarde de iniciar la campaña, el compromiso social de las comunidades excedió los objetivos: se pudieron plantar 1.111 árboles de más de 20 diferentes especies nativas, comprados en 7 viveros locales, muchos de los cuales han sido generados con el apoyo del Programa de Pequeñas Donaciones de PNUD, lo cual incentivó el comercio de la zona.

“Muchos niños saben que estas especies [de árboles] fueron donadas por personas de aquí, del Uruguay, pero también de otros países, y que ellos eran justamente quienes iban a ser los guardianes”, explica Cinthia Toledo, de Vamola!, una organización local.

Restaurar los bosques significa salvaguardar el futuro de los bosques nativos, pero también de las generaciones venideras.

Adriana Pezzolano, una emprendedora local, no tiene ninguna duda de que el proyecto ha tenido éxito. Ella cree que la iniciativa va más allá del medio ambiente, sino que significa un paso más para ayudar a los uruguayos y uruguayas a identificarse profundamente con su tierra.

“Creo que es la conexión que uno tiene con el origen de este país”, explica. “El bosque estaba antes que nosotros. Esta es una forma de poder volver a conectar con esa parte. Y lamentablemente la ciudad, el asfalto te hace perderla. Es genético. Creo que todos lo tenemos. Solo tienes que estar dispuesto a apostar por ello; claro que podemos”.

Cada árbol representa a una persona comprometida con los ecosistemas y los paisajes naturales del Uruguay, así como cada una de las 150 personas y 5 empresas, de 15 países, que aportaron su granito de arena a la iniciativa son una huella de esperanza para el territorio.

También muestra el esfuerzo y la dedicación de pequeños viveros de especies nativas, una comunidad local que busca vivir en armonía con el medio ambiente y más de 100 voluntarios comprometidos con los bosques nativos.

“Queremos regenerar el bosque de psamófilo que se está perdiendo rápidamente”, dice Claudio Taroco, empresario local. “Es nuestro. Es lo que tenemos. Es nuestra identidad. Es nuestro suelo y es nuestra flora autóctona. Es lo que ha estado aquí durante mucho tiempo y lo que hay que recuperar”.

“Los árboles están en todos lados […] pero acá los trajimos al pueblo para que la gente pudiera estar en contacto con ellos”, dice Leticia Di Santi, otra emprendedora local. Explora más sobre esta iniciativa aquí.

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Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo

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